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Un paseo naturalista por nuestra ciudad

Jonathan Gil MuñozDirector de Elguadaramista.com
Actualizado:07/06/2021 02:10h
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Ya lo tenemos todo listo. En la mochila llevamos: la correspondiente guía, ajada de tanto uso; la cantimplora, que ya va apretando el calor; y, entre otras cosas más, nuestra querida libreta, esa que utilizamos como cuaderno de campo. Nos atamos las botas, cogemos una gorra para evitar insolaciones, que no sería la primera vez, y salimos por la puerta dispuestos a recorrer nuestra ciudad de una forma diferente. Nuestra misión: descubrir y registrar toda esa biodiversidad con la que compartimos nuestras urbes.

Vamos bajando las escaleras del edificio en el que vivimos, por aquello de ahorrar energía y hacer algo de deporte extra, y caemos en la cuenta de que nuestra escapada naturalista la hemos empezado sin saberlo un par de horas atrás. Sí, durante nuestro paso matutino por el cuarto de baño hemos vuelto a ver en un rincón del techo esa araña a la que ya hemos puesto nombre y que se encarga de eliminar esos fastidiosos mosquitos que con la llegada del calor empiezan a hacer de las suyas. Bueno, apuntado queda en nuestro cuaderno este primer contacto con la fauna urbana, aunque en este caso es además muy doméstica. El caso es que salimos a la calle y lo primero con lo que nos topamos es con los árboles que crecen en unos mínimos alcorques. En este caso son unos altos plátanos de indias. Sería mejor que fueran árboles autóctonos, pero es lo que hay. En esa misma vía urbana se encuentra el edificio de un colegio en cuyos aleros construyen sus nidos de barro los aviones comunes, que, como los vencejos y golondrinas, vuelven allí todos los años fielmente para criar.

Damos la vuelta a la esquina y echamos un vistazo a través de una valla a un solar sin edificar en pleno centro de la ciudad. Allí han crecido mil especies diferentes de plantas de todos los tamaños, y con flores de todos los colores. Es un pequeño oasis botánico urbano aprovechado por mariposas, abajas silvestres e insectos en general a los que se ve atareados yendo de flor en flor en busca de alimento y de paso polinizando todo en lo que se posan. Hace años que un cartel enorme anuncia la construcción de un bloque de oficinas, pero de momento nada de nada. Puede que ya se hayan ‘olvidado’, o puede que no. Su urbanización amenaza como una espada de Damocles este reducto vegetal. Nosotros seguimos nuestro camino. La siguiente parada es a los pies de un imponente ejemplar de cedro del Líbano en cuya copa observamos una enorme colonia de cotorra argentina. El peso de los nidos acabará por dañar este árbol que, como le sucede también a la avifauna urbana, parece no tener otra que asumir la presencia de la especie invasora.

Buscamos ahora la sombra refrescante de un parque y nos sentamos en un banco a observar. Enseguida vemos a los omnipresentes gorriones y a las inteligentes urracas, oímos en las cercanías a los mirlos y distinguimos a las palomas bravías, las tórtolas turcas y las imponentes torcaces, todas ellas a salvo allí del halcón peregrino, rey de los cielos de la ciudad. Pero hay otros pajarillos de pequeño tamaño que aunque comunes en las ciudades son un poco más esquivos; apuntamos en nuestro cuaderno al herrerillo, al carbonero, al petirrojo y al colirrojo tizón, incluso tenemos la suerte de ver un pito real y un trepador azul, además de una nerviosa ardilla que nos mira desde el tronco de un pino. Nos ponemos de nuevo en marcha y llegamos a un puente desde el que podemos observar a los moradores de un río que hasta hace bien poco era de todo menos eso.

Allí vemos al ánade real –que mejor o peor pero siempre ha estado por allí–, que ahora comparte sitio con un sinfín de especies recién afincadas en este entorno natural recuperado. Garcetas, martines pescadores, garzas reales, gallinetas comunes, lavanderas, cormoranes, incluso se ha dejado ver por allí una nutria, bioindicador de la calidad del paraje acuático. Junto con las aves, también se adivina la silueta de peces que salen y entran de las zonas en las que medra una vegetación de ribera que sirve de refugio para la fauna y además depuran las aguas de forma natural. Y es que la ciudad ha pasado de menospreciar su río a buscarlo. Nosotros nos quedamos allí, observando la extraña estampa que forman las bandadas de gaviotas reidoras y sombrías en vuelo cuando el mar más cercano queda a cientos de kilómetros. Unas horas más tarde, cuando va retirándose el sol, vemos llegar a los murciélagos que describen círculos en el aire alrededor de las farolas donde encuentran su alimento en forma de polillas y donde habita otro insectívoro, la paciente salamanquesa.

El autillo con su tímido ulular parece anunciarnos el final de nuestra pequeña aventura naturalista. Es hora de volver a casa y poner en claro todo lo registrado en nuestra libreta. Toda esa información deja patente lo biodiversas que pueden llegar a ser nuestras ciudades y todo lo que podemos (y debemos) hacer para que sean cada vez más habitables, incluso para nosotros mismos.

Mayo

LOLO DE JUAN

Mayo entra con flores algo mustias porque el agua ha llegado a destiempo. Pero mayo es mayo y siempre florece. Mayo es la primavera del año, la guapa de la fiesta que se queda hasta que se hace de día. Es el cochino de la montería que a todos tiene en vilo sin que nadie sea el afortunado de abatirlo pero todos lo son de gozarlo.

Esta noche he salido a rondar, rifle al hombro, y Talibán está sereno pues la oscuridad pule las desperezas y activa la prudencia. Me siguen doliendo las vértebras, pero hoy será mi último paseo sobre mi montura, lo he decidido. Las avenas y trigos ya granados tapan a las reses que habitan el monte.

El alba me sorprende cuando voy camino del cortijo. Hago los últimos pasos a pie, mi espalda no soporta más, dolido y menguado me doy cuenta de que el tiempo, en lugar de para adelante, para mí comienza a ir para atrás…

Un dulce olor plácido y atrayente me llevó hasta el limonero de la entrada: el azahar… El gallo cantó cuando sentí a Dinamita y Kamikaze relinchar ante nuestra presencia.

¡Qué bonito es trasnochar y que el campo te cante una nana…!

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