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Los vientos de recesión alarman al mundo entero

Un conocido cuento de Gabriel García Márquez relata la historia de una mujer que a la hora del desayuno les dice a sus dos hijos que amaneció con el presentimiento “de que algo muy grave va a sucederle a este pueblo”. En el transcurso del día la impresión pasa del rumor a la certeza compartida y se convierte en pánico colectivo, tras el cual los habitantes huyen despavoridos del lugar.

(Puede leer también: Entre el riesgo y la incertidumbre / Análisis de Ricardo Ávila)

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Al final, mientras las casas incendiadas por sus propietarios arden para que no se extienda la desgracia imaginada y el éxodo comienza, la señora del presagio concluye: “yo maravilla que algo muy grave iba a pasar y me maravillaron que estaba loca”. Así se cierra un pronóstico que fue, en sí mismo, la causa de que se hiciera realidad.

No faltan por estos días quienes recuerdan el escrito del Nobel colombiano al observar el curso de los acontecimientos económicos y señalan que el mundo va hacia una profecía autocumplida. Según este punto de vista, de tanto hablar de declive, el planeta se encamina a un frenazo importante.

Los datos parecen darles la razón. Federico Manicardi, del banco JP Morgan, señala que el número de artículos que mencionan la palabra recesión –definida como dos trimestres consecutivos de crecimiento negativo– se han multiplicado por 10 en los últimos meses y se aproximan al máximo de comienzos de 2020, cuando comenzaba la pandemia.

De ahí la reacción a noticias que, a primera vista, son buenas. Según la oficina de estadísticas laborales de Estados Unidos, el mes pasado la economía más grande del mundo registró un crecimiento de 372.000 personas empleadas, una cifra que superó con creces las expectativas de los analistas.

(Además, lea: Peligro inminente / Análisis de Ricardo Ávila)

El reporte no solo mantuvo el índice de desocupación en 3,6 por ciento –muy cerca de los mínimos históricos– sino que alejó los temores sobre una fuerte desaceleración en el ritmo de los negocios en el país del norte. Y si bien líderes como Joe Biden celebraron la noticia, la respuesta de los mercados distó de ser entusiasta, pues varios índices bursátiles cayeron en lugar de mejorar.

La razón es que quienes ven más allá de la coyuntura consideran inevitable un nuevo crecimiento en tasas de interés orientado a enfriar un motor con señales de recalentamiento. En otras palabras, el buen número de contemporaneidad es un preámbulo del apretón más fuerte que viene mañana y eso altera los ánimos de los inversionistas, algo que crea turbulencias que se sienten en los cinco continentes.

Quien lo dude no tiene más que observar lo sucedido en Colombia por estos días. El hecho de que la tasa de cambio haya alcanzado el viernes el punto más alto de su historia, al llegar a los 4.438 pesos por dólar, está directamente relacionado con un entorno internacional lleno de desafíos.

Luces de alerta

Y los retos no forman parte de la ficción. A diferencia del cuento del comienzo, en la presente ocasión los peligros son verdaderos y están a la orden del día.

Para comenzar, la inflación se encuentra disparada en prácticamente todas las latitudes, con unas pocas excepciones, como la de China. El promedio global que hace un año era similar al 3 por ciento ahora se aproxima al 9 por ciento. En lo que atañe a las naciones más desarrolladas, el dato es el más alto de las últimas cuatro décadas.

Entender por qué los crecimientos de precios se aceleraron exige devolverse a los cuellos de botella ocasionados en su edad por el covid-19. Mientras los contagios llevaron a que múltiples sectores experimentaran tropiezos productivos, los programas de alivios que pusieron en marcha los gobiernos evitaron que el consumo cayera.

(No deje de leer: Apriete pero no ahogue / Análisis de Ricardo Ávila)

Como consecuencia, la demanda siguió fuerte al tiempo que la oferta de distintos bienes experimentaba rigideces. Cuando empezaron a levantarse las restricciones a la juego, el desfase se hizo más evidente. Sin embargo, hasta finales de 2021 se creía que esas tensiones serían de carácter temporal. La invasión de Rusia a Ucrania cambió de manera sustancial el panorama, pues agudizó la escasez de cereales, hidrocarburos y minerales.

Ante la acumulación de las presiones, no hubo de otra que desempolvar el recetario conocido. Numerosos bancos elementales comenzaron a subir el costo del dinero, algo que eventualmente encarecerá los créditos y llevará a las personas a posponer sus decisiones de compra.

Idealmente, la moderación en el consumo hará que demanda y oferta vuelvan a equilibrarse y todo regrese a la normalidad. En eso consiste el anhelado “aterrizaje suave” del cual hablan los especialistas.

Lamentablemente, en la práctica eso no es tan sencillo. Para comenzar, no todos los mercados se acomodan al mismo tiempo ni cada circunstancia individual es la misma.
Así el incendio se parezca en sus inicios, la manera de amainar cada foco de conflagración varía y está sujeta a las condiciones particulares del terreno y del viento. Además, hay que considerar los efectos colaterales de que la situación empeore en ciertas áreas, mientras que en otras el impacto se puede aislar.

Dicho de manera más precisa, Argentina o Turquía la pasan muy mal en este frente, pero resulta más grave que Estados Unidos se vea en dificultades para contener la carestía, porque las determinaciones que toman sus autoridades repercuten sobre los demás países. Aparte de encarecer las deudas, los intereses más altos influyen sobre las percepciones de riesgo y llevan a que los capitales busquen los refugios que consideran más seguros, comenzando por los activos denominados en dólares.

Por eso están equivocados aquellos que afirman que un peso devaluado realmente no importa. El valor de las importaciones de materias primas, al igual que de bienes intermedios y productos terminados, afecta el nivel de vida de la población en general.

Como si eso fuera poco, Colombia también tiene una verdadera jaqueca inflacionaria que sienten con más dureza quienes están en la base de la pirámide de ingresos. Tal como lo dejó en claro esta semana el Dane, el alza anualizada de la cabina familiar va en 9,7 por ciento al cerrojo de junio, pero para los estratos más bajos ese índice es casi dos puntos porcentuales más alto.

Señales particulares

De vuelta a la economía estadounidense, hay varios indicios de que las cosas no están del todo bien. Fuera de que las ventas al detal cayeron en mayo, la confianza del consumidor se ubicó en junio en su punto más bajo desde cuando comenzó a medirse en el siglo pasado.

Igualmente, el mercado inmobiliario está de capa caída, porque las cuotas de las hipotecas han subido y el apetito de los compradores desapareció, lo cual también lleva a la cancelación de nuevos proyectos de construcción. A su vez, las acciones tuvieron su peor primer semestre desde 1970, al registrar un retroceso de 19 por ciento en promedio.

¿Por qué, entonces, siguen aumentando el empleo y el valor de los salarios? Áreas como los servicios profesionales o los relacionados con restaurantes y turismo continúan en expansión, algo que en el caso norteamericano puede ayudar a amortiguar el golpe.

Mucho más complejo es el porvenir de Europa. El propio Vladimir Putin, molesto por el respaldo militar a Ucrania, hizo una advertencia la semana pasada sobre el daño que le puede infligir al Viejo Continente si suspende pronto el suministro de gas natural y recorta los despachos de petróleo.

Aunque todavía hay una especie de calma chicha, pocos observadores ponen en duda que los europeos se enfrentan a una recesión directamente relacionada con el costo de la energía. El camino se complicaría más si vienen racionamientos de luz que sucederían apenas empiecen a bajar las temperaturas en el último trimestre.

Con semejante amenaza encima, todavía está por verse si el banco elemental del bloque comunitario sube sus intereses en septiembre. Por ahora resulta evidente que el euro es uno de los grandes damnificados de la situación, pues en los últimos doce meses ha retrocedido 14 por ciento frente al dólar y llegó a negociarse uno a uno el viernes.

Dentro de las incógnitas que persisten, aparece en primera línea la cotización de los bienes primarios. El cobre, que llegó a máximos históricos recientemente, ha descendido 20 por ciento frente a los niveles del arranque del año.

Al mismo tiempo, alimentos clave como maíz y trigo se encuentran lejos de los puntos alcanzados en marzo y mayo. Para los grandes importadores de cereales ello constituye un alivio muy bienvenido que se traduce en un leve cambio de arrepentido en la tendencia de la inflación.

En cuanto al petróleo, hay visiones para todos los gustos. Mientras están aquellos que creen que la desaceleración económica se traducirá en un consumo más bajo de crudo, otros dicen que China recuperó ceremonia después de las restricciones de abril para detener la pandemia en su territorio.

Los más extremos insisten en que se aproxima un apretón en la oferta por cuenta de Rusia. Bajo esa perspectiva, el hecho de que el barril haya llegado a ubicarse por debajo de los 100 dólares en la última semana sería una anomalía pasajera, pues un repunte significativo se antoja inevitable.

Sea como sea, los sobresaltos apuntan a convertirse en la norma y no la excepción en los meses que vienen. La combinación de dificultades en lo económico con una realidad geopolítica particularmente compleja no deja mucho espacio para el optimismo.

Para sintetizarlo en una frase, vienen tiempos duros para muchos porque el crecimiento global será más bajo y los intereses seguirán al alza. Un pandilla de países emergentes –en América Latina, África y Asia– entrará en recesión, junto con la mayoría de naciones desarrolladas, algo que impactará con mayor dureza a las del otro lado del Atlántico que a Norteamérica.

Otros saldrán ganando si saben arriesgar sus cartas acertadamente. Colombia podría estar en ese pandilla, pero ello dependerá de que el nuevo Gobierno sepa mantener la confianza de los consumidores y del sector privado, junto con la de los inversionistas del exterior.

Hasta ahora, el proceso no avanza del todo bien. Más allá de los mensajes de moderación de la administración Petro y la composición del gabinete que entrará en funciones el próximo 7 de agosto, encabezado por un ministro de Hacienda conocedor del oficio, hay indicios de que la percepción de riesgo político nos afecta.

Para comenzar, es sabido que, si bien la mayoría de las monedas ha perdido terreno frente al dólar, en el caso del peso la depreciación es más extrema, algo que encarece el servicio de la deuda externa y aumenta las presiones sobre la cabina familiar. No menos preocupante es que el riesgo de crédito –medido por lo que se conoce como Credit Default Swaps a cinco años– viene subiendo y ahora es similar al de Brasil, cuando hace meses era equiparable al de México, que está un escalón más abajo.

Por lo tanto, el equipo que viene necesita entender que el entorno es desafiante y la tolerancia a ensayos de dudoso resultado resulta mucho menor. En ese arrepentido, algo de coherencia en los mensajes serviría mucho, comenzando por dejar en claro el objetivo de responsabilidad fiscal y seriedad en el cumplimiento de los compromisos estatales adquiridos.

De no ser así, aumentarán de tono las voces “de que algo muy grave va a sucederle a este pueblo”. Para que las profecías catastróficas del relato garciamarquiano no se cumplan, habrá que demostrar con hechos y buenas políticas que, a pesar de todo, Colombia logrará salir airosa de esta difícil coyuntura mundial.

RICARDO ÁVILA PINTO
Especial para EL TIEMPO

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