26.1 C
Santo Domingo
InicioLa última hora«El odio no conduce a nada»

«El odio no conduce a nada»

Sus nombres son Oksana y Olga, una es ucraniana y la otra rusa, y las dos nacieron durante la misma década, en los años 70, cuando sus países formaban parte de la Unión Soviética y ambas naciones convivían bajo el paraguas de un Estado común. Más de treinta años después de la caída del telón de acero y la desintegración del gigante rojo, la crisis abierta entre Rusia y Ucrania –hace semanas,
el Kremlin comenzó a desplegar a sus tropas en la frontera, en la que ya se han reunido unos 115.000 soldados– amenaza con hundir la región del Donbass en un pozo de violencia. Desde febrero de 2013,
las protestas del Euromaidán, la insurgencia separatista en Donetsk

 y Lugansk y la anexión rusa de Crimea, que no ha sido reconocida por buena parte de la comunidad internacional, sentaron las bases de un conflicto con un desenlace imprevisible. «Una guerra entre Rusia y Ucrania sería a gran escala en Europa», advirtió hace unos días el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski.

«Putin es un político expansionista que quiere convertirse en un nuevo Zar», denuncia Oksana Karpenko (Ternópil, 1972), que llegó a España hace más de veinte años, buscando un futuro mejor. Tras regentar junto a su marido, Juan Gómez de Ávila, un restaurante y una taberna de platos típicos de Ucrania, la pareja abrió hace poco una tienda de productos españoles en el centro de Leganés, en la que se puede comprar queso fresco de Candeleda y roscas de alfajor, pero también latas de caviar ruso. «Se cree que es el mandatario del mundo y que nadie es capaz de pararle los pies», denuncia, mientras sirve para merendar un plato de jamón ibérico. Como ella, Olga Zyryanova (Nursultán, 1978), que es profesora, aterrizó en España hace dos décadas, y sigue con preocupación las noticias que llegan del Este de Europa, marcadas por la sombra de una escalada militar. «Yo soy rusa y mi marido es ucraniano, y la verdad es que es una situación complicada, pero también tiene una ventaja, que es compartir diferentes puntos de vista», explica por teléfono. «No quiero opinar sobre política, pero sí dejar claro que Rusia no es Putin, porque allí viven 144 millones de personas».

Emociones tensas

Aunque los testimonios de estas mujeres son solo dos pinceladas en el enorme fresco de sensibilidades de la opinión pública en sus respectivos países –ambas reconocen que las emociones están a flor de piel desde el comienzo del conflicto, en el que ya han muerto unas 14.000 personas, y que muchos ciudadanos se han radicalizado–, sus palabras se encuentran en el tono reflexivo, el deseo intenso de paz y los recuerdos comunes, resultado de la convivencia entre dos naciones que se quieren y se detestan como dos amigos que se conocen desde hace mucho tiempo, pero a los que la vida ha llevado por caminos diferentes.

«Todo el mundo dice que procedemos de una cuna común, el Rus de Kiev, pero esa cuna tiene mil años y se rompió hace mucho», reflexiona Karpenko, en referencia al estado eslavo que se fundó en el siglo IX y que tradicionalmente se ha considerado el origen compartido de Bielorrusia, Ucrania y Rusia. «Sí, tenemos la piel más o menos igual, pero los ucranianos también somos castaños, por influencia de los mongoles y los tártaros», añade, recordando que la conquista de los jinetes de Gengis Khan en el siglo XIII disolvió esa unión y separó a los habitantes de Ucrania y Rusia durante siglos. «Hace diez o veinte años, un tractor que araba el campo pasaba a Rusia y volvía, y no había fronteras», añade Zyryanova. «Quiero muchísimo a Ucrania, he viajado muchas veces allí y no son mala gente, nunca he sentido ningún desprecio de la familia de mi marido, y por eso me duele tanto todo esto», razona, haciendo hincapié en que su madre rusa adora a su yerno ucraniano. «La mayoría de la gente no quiere guerra ni escuchar hablar de ella, y yo tengo la esperanza de que todo eso se termine».

Historia europea

Conversar con Karpenko y Zyryanova es escuchar de viva voz la historia reciente de Europa, con sus viajes sinuosos hacia el abismo y su voluntad de recuperar la luz. «Tuve una buena infancia en la Unión Soviética, mi padre era médico, aunque murió de cáncer un año después de Chernóbil, y mi madre era logopeda, y los dos tenían un trabajo estable y bien pagado», recuerda Oksana, que estudió filología eslava en la Universidad de Chernivizi, una ciudad cercana a la frontera con Rumanía, en la que convivió con alumnos rusos y rumanos. «Mi abuelo paterno era ucraniano, pero hizo el servicio militar en los Urales, conoció a mi abuela y se quedó allí. ‘Mira alrededor, esta es mi casa’, me dijo la última vez que le vi, cuando le pregunté si no quería volver a Ucrania», detalla Zyryanova. «Mi padre nació ruso y conoció en Kazajistán a mi madre, que descendía de una familia de los alemanes que
Catalina la Grande llevó en el siglo XVIII a Ucrania y la región del Volga», cuenta. «Cuando empezó la Segunda Guerra Mundial, Stalin los proclamó enemigos del pueblo y los mandó a los gulag o campos de concentración, porque creía que por sus raíces se iban a unir a los nazis».

«A nivel personal, los ucranianos nunca han tenido problemas con los rusos», subraya Karpenko. «Convivimos durante 70 años en la URSS, y la gente se casaba, se separaba o vivían en Rusia por trabajo, pero el conflicto militar está sembrando el odio», reflexiona, explicando que los jóvenes ucranianos sueñan con que su país se modernice y entre a la Unión Europea y la OTAN. «Soy nieta de personas que vivieron la Segunda Guerra Mundial y tenemos que ser muy conscientes de que las guerras afectan a todo el mundo», advierte Zyryanova. «Con mi marido, cuando hablamos sobre el conflicto, intentamos hacerlo con un respeto total. Después de 2014, él ha viajado a Rusia y yo a Ucrania, y eso te cambia muchísimo la visión de las cosas. Los rusos y los ucranianos tenemos que demostrar que queremos la paz y ser queridos, porque el odio no va a conducir a nada».

Mientras estas dos mujeres exponen sus puntos de vista, y en sus palabras se entrelazan las reflexiones políticas y los recuerdos, los dignatarios prosiguen con sus negociaciones al más alto nivel. Lo que ocurra en los siguientes días en la frontera entre Ucrania y Rusia es imposible de predecir. Quizá lo más sabio sería que esos contactos diplomáticos, de los que depende el futuro de millones de personas, acaben envueltos en el profundo anhelo de paz de los ciudadanos de a pie.

ARTÍCULOS RELACIONADOS

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Lo mejor de la semana

Lea también