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Rosalía inventa el chándal de desnudo

Ángel Antonio HerreraMadrid
Actualizado:05/02/2022 00:50h
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Lo que pasa con Nadal no es que haya ganado lo de Australia, sino que le ha ganado definitivamente el partido al tenis, el tío. Hay deportistas que arriman a su gremio una cátedra eterna. Y hay deportistas que exceden, incluso, la disciplina elegida. He aquí el caso. No sé yo si escribir que está Rafa Nadal más allá del tenis, aunque sí hay que escribirlo. Quiero decir que, por encima o por debajo de su majestad de podio, lo que asoma en Nadal es el ímpetu en camiseta, la pugna de vitamina del espíritu, la fe en el ahínco que ha sacado no se sabe de dónde, tras una racha de crisis. Parece, en él, que no estuviera en juego un set, sino una hazaña.

Yo al tenis le pillé vicio por las tenistas en falda de vuelo, o sea, que mi afición era más bien erotomanía. Salvo en el caso de Nadal, porque con él no asistes a un partido, sino a un prodigio.
Nadal es Nadal. Nadal es Rafa, el apolo nacional que no da un susto de peluquerías locas o ropero de fantasía, pero cumple un tirón entre la afición transversal y diversa, porque es el titán sin adorno. Entre metrosexuales de tatuaje, es un chaval que se pone el traje que toque, y pasa de todo. Llevó greñas en un tiempo, pero aquellas greñas eran un modo de no ocuparse de las greñas. Está de moda, pero no está en la moda del deporte planetario del momento, que es un cruce de confeti y talonario. Preside el cuadro de honor de los atletas nacionales de ahora y de siempre, zona titanes, y siendo figurón, no va de figura. Nadal tiene un poco o un mucho de coleguita de esquina que luego va y se pone un traje para recoger los laureles mejores de su gremio. Es algo así como un vecino al que se le conoce en todo el mundo. No esquiva el coñazo de los selfis. Tiene una novia silente y serena, Xisca Perelló, a la que él llama Mery. Ella evita los focos de consorte, y en la grada lleva el entusiasmo por dentro. Nadal no es famoso de portada del colorín, aunque pudiera salir en cualquier portada, por méritos de prestigio, o sea, porque sí, a la contra de la moda. Hace falta gente como él. Aunque como él solo hay uno.

Martes

Rosalía promociona la portada de su último disco, ‘Motomami’, donde sale vestida solo de casco. Rosalía es algo así como una Pantoja por la otra punta, por la punta contraria de hacer canciones con algo inabarcable donde están el reguetón, Camarón de la Isla, y un compás que parece pop, pero no es pop del todo. Las letras ya son una jerga inventada donde da igual la mayor o menor comprensión, porque todo va de chulería, juventud, sexo, y toda la pesca del momento. Entre lo barroco y lo hortera. Para este nuevo trabajo, ha inventado Rosalía el chándal del desnudo.

Miércoles

Chanel es la muchacha de la semana. A mí lo suyo, ‘SloMo’, que es un soberbio artefacto coreográfico, me gusta. Me gusta incluso mucho. Ojalá la polémica estéril no agote sus talentos. Ojalá. Eurovisión es un guateque de alegrías diversas donde, a veces, va, pilla ánimo y se presenta alguien bajo vocación de artista, como ha ocurrido ahora con Chanel, y antes con Raquel del Rosario, Pastora Soler, Sergio Dalma, Julio Iglesias, o Raphael. Pero el Festival lo que congrega, por lo general, es un orfeón de alegres que incluye viejas glorias, melódicos de crucero, gigantas de corpiño y maricuelas de lamé. Hay de todo, en el show. Porque el Festival tiene más de jarana televisiva que de cónclave de solistas. A veces, hay hasta algún cantante, ya digo. Lo relevante no es ganar, en este show próximo de Turín, sino que no te devuelvan a un friki, si mandas ahí a alguien que sabe trabajar. Es el caso, y se llama Chanel. Suerte, guapa, o sea, justicia, y pasa de todo.

Chanel – GTRESJueves

Se ha suicidado Cheslie Kryst, Miss USA en 2019. He aquí una noticia más para la biblia siempre inconclusa de «Mártires de la belleza».

Viernes

Ha dicho David Beckham que está casado con alguien que lleva comiendo exactamente lo mismo en los últimos veinticinco años. Alguien es
Victoria Adams, y lo mismo es pescado a la plancha y vegetales al vapor. Aquí tenemos, quizá, la clave de su perfil de sílfide, y acaso también aquí tenemos la clave de su antipatía más bien estable. El menú es tristón. El menú tristón es eterno. Yo dudé, durante tiempo, que Victoria existiera, y por eso me acerqué a verla de cerca, en alguno de los ratos que estuvo aquí, cuando David jugaba en el Bernabéu. Era ella, sí, y aportaba mamá. Victoria ha sido, y es, una foto de portada que, de vez en cuando, se aparece en un cóctel. Pero muy de vez en cuando. Ahora sabemos que come pescado y vegetal, que es su menú único de criatura que vive en estado de spot. Tiene mérito eso de ser noticia a cada rato, cuando noticia, lo que se dice noticia, no hay ninguna. Victoria sigue en lo de siempre: gogó de sí misma y comensal de poses.

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