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El retorno de lo vivo

Bruno Marcos
Actualizado:03/01/2022 19:54h
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La famosa fotografía del soldado republicano que Robert Capa tomó en la guerra civil española, justo en el instante en que es abatido por las balas, apareció en el momento de su realización en la revista norteamericana ‘Life’. Sorprende hoy verla en las páginas de esa publicación, rodeada de otras noticias, titulares o, incluso, publicidad. Se observa cómo la imagen vuelve a su función inicial de pura información siendo ya, como es, un paradigma iconográfico. Es muy interesante analizar lo que ha ocurrido con este tipo de imágenes, el cambio que se produce en su naturaleza desde la intención documental en la que son creadas hasta que, sobreviviendo a la caducidad de los hechos que ilustran, cobran valores simbólicos y

 alumbran nuevos patrones visuales y estéticos.

Las fotografías que se pueden ver en la exposición titulada ‘Vida’, que se acaba de inaugurar en el Palacín de León con obras de Gervasio Sánchez y que permanecerá abierta hasta el veintisiete de marzo, son también retratos que sobreviven a las realidades dramáticas que mostraron, imágenes que han pasado a los libros y a las salas de exposiciones después de apagarse la actualidad que las produjo incorporando a su primer mensaje informativo valores humanos duraderos.

El autor y el comisario de la muestra, Gerardo Mosquera, han hecho hincapié en proponer una lectura positiva de esta colección de dramas. Sólo aparece un muerto entre las sesenta y ocho fotografías pertenecientes a los más diversos conflictos del mundo, desde la brutal contienda de Sierra Leona hasta los estragos del sitio a la ciudad de Sarajevo, pasando por muchos otros. Visitamos un auténtico museo universal del dolor humano presentado en imágenes levemente dulcificadas por los encuadres, las composiciones o los juegos de luz. Vemos todo un repertorio de los resultados de la violencia ejercida mecánicamente, no tanto por impulsos salvajes cuanto por planes fríamente diseñados: miembros amputados por efecto de las minas antipersona, gran cantidad de prótesis, piernas o manos ortopédicas, cicatrices, niños soldado, personas sosteniendo los retratos de sus seres queridos desaparecidos, fachadas de viviendas agujereadas por cientos de disparos, escombros o ruinas; pero siempre alguien viviendo en medio del desastre: niños sonrientes escalando el esqueleto de edificios bombardeados, estudiantes dispuestos a aprender en su escuela sin techo, muchachos mutilados jugando al fútbol, una enamorada que acaricia la mano artificial de su novio…

En esta exposición se muestra el seguimiento que se ha hecho a la vida después de la destrucción, el autor ha mantenido relación a largo de décadas con varias de las víctimas de la violencia comprobando cómo algunas acabaron por ser felices. Gervasio insiste en lo evidente que ha quedado un tanto borroso con el impacto de su necesaria denuncia, con su nítida exposición de lo atroz: que se puede asesinar y mutilar a personas pero no aniquilar la vida, que tragedia tras tragedia la vida ha logrado hasta el momento sobrevivir, que siempre se produce el retorno de lo vivo y que las imágenes están ahí también para enseñarlo.

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