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una historia de madres, hijos y cenizas

Santa Cruz de la Palma, Canarias. En el número tres de la calle del cronista de Tazacorte, Remedios Armas termina su desayuno. Son casi las diez de la mañana de la víspera de Navidad y en la cocina de una casa que no es la suya, pone en orden los aperitivos para la cena de esta noche. Junto a la ventana aún tiznada por la ceniza del volcán que ardió durante más de 80 días, un árbol de navidad decorado con cuatro búhos preside el salón. «¿Cómo que por qué búhos? ¡Pues para la buena suerte!», contesta su hija Leire con esa entonación con la que sólo se responde a lo obvio. «El grande es para mí y los

 tres pequeños para ellos», añade su madre dando sorbitos a un tetrabrick de zumo.

Remedios Armas y sus tres hijos, Saúl, de dieciséis, y los mellizos Leire y Darío, de diez, llevan dos meses viviendo en este piso de una sola habitación que les han cedido tras el desalojo por la erupción del volcán de Cumbre Vieja. Enfurecida, la montaña sepultó su casa, hasta entonces un lugar repleto de árboles frutales del que salieron con lo puesto. Remedios llevaba una mochila con documentos, una muda de ropa para cada uno y las medicinas de Leire, que cumple un tratamiento hormonal para el crecimiento. Entre ese día y hoy, hasta llegar a este piso en Los Llanos de Aridane, se sucedieron albergues y casas prestadas, un viacrucis de lugares de paso.

La familia Lorenzo Armas – Karina Sainz Borgo

Ahora, Remedios y sus tres hijos duermen todos juntos, al igual que otros vecinos desplazados que habitan el mismo bloque y se saludan con la resignación del que tiene que resolver. Acaso agobiada por el poco espacio, Leire ha dispuesto tres alcancías en el salón, una por hermano. Son un recordatorio, un propósito, un plan. Ahí guardarán los ahorros parar comprar una casa nueva. La niña quiere que la nueva morada tenga cuatro habitaciones, con ventanas a ser posible, y también un escritorio propio, porque el único que tienen deben compartirlo los tres hermanos. «Una casa», dice Leire. «Una casa».

Todo es nuevo y confuso en la vida los Lorenzo Armas, incluida esta Navidad que ya no celebrarán en aquella casa, la del camino de El Pastelero, en la zona de ‘El Paraíso’, ahora sepultada bajo la lava del volcán de Cumbre vieja, una criatura que comenzó a escupir fuego y vapores a las tres y diez minutos de una tarde del 19 de septiembre de 2021 y que los desalojó de la que, hasta entonces, había sido su vida. Aquel día, Remedios vio avanzar un río de piedras y fuego hasta los jardines del que había sido su hogar. No pensó que llegaría hasta ahí, pero ocurrió. La lava devoró y sepultó aquello que debía durar para siempre.

Al pie de un volcán

«El volcán me lo quitó todo: mi hogar, mis recuerdos, los álbumes con las fotos de mis hijos, que es lo que más me duele, y hasta mis títulos universitarios. No nos dio tiempo de coger nada, sólo lo urgente». Remedios hace una pausa y frota las pestañas recién pintadas con la yema de sus dedos. «Aquel día, en medio del pánico, le dije a los niños: ‘cojan todo lo de valor’. Yo me refería a ordenadores, las tabletas, el dinero… pero los niños cogieron sus muñecos y sus legos. Eso es lo que para ellos tenía valor». Hace una nueva pausa y continúa. «Lo que más me jode es que podrían habernos avisado. Veinticuatro horas antes se sabía que el volcán entraría en erupción».

Si a la familia Lorenzo Armas le preguntan qué sienten esta Nochebuena, las respuestas van de la rabia al cansancio. El coraje de Remedios. ¿Por qué ha tenido que ocurrirle esto a ellos, justo a ellos? La extenuación de su hijo Saúl, harto ya de esa una nube perpetua de ceniza que rodea su vida. «Todo el tiempo el volcán, y el volcán, una y otra vez… Me molesta que la gente ni siquiera sepa bien de qué lugar estamos hablando. Nos confunden con Baleares. Y mira que son ignorantes, como si no hubiesen visto día tras día lo que ha pasado en la isla», espeta, sentado en el extremo de un sofá donde caben los cuatro: él, su madre y sus dos hermanos. «Antes celebrábamos la Navidad todos juntos, en la casa de El Paraíso: mis tíos, los primos, mis hermanos. Antes de la pandemia, nos visitaban unos amigos alemanes que traían juguetes. Esperábamos juntos a Papá Noel. De eso no queda nada». Saúl se remueve en el sofá. «Absolutamente nada».

Las madres

«Después del volcán, mi familia somos mis hijos y yo». Al hablar, Remedios Armas muestra el gesto tenso del que está muy ocupado en luchar. También la intuición de que cuanto más cuente su historia, más rápido podrá encontrar una solución. «Durante cincuenta años viví con mi madre y mis hijos en nuestra antigua casa. Yo era la menor de tres hermanos. Siempre sentí que mi obligación era cuidar de mi madre, que hoy tiene 88 años. Por eso mis hijos crecieron ahí y mi propia vida formaba parte de aquel lugar».

Dentro de Remedios Armas conviven varias mujeres: licenciada en empresariales, funcionaria del Ayuntamiento de los Llanos de Aridane, madre de tres niños e hija de Otilia, para ella el mayor dolor de toda esta historia. Tuvo que sacarla a toda prisa de una casa a punto de arder. «Mi hijo Saúl fue quien la ayudó a salir. No le dio tiempo a nada más». Los otros hermanos de Remedios también perdieron sus hogares, a pocos metros de distancia de la que hasta entonces había sido la casa de su madre y la suya también.

En medio del caos y la confusión de la erupción del volcán, Remedios envió a sus hijos a la casa de la abuela materna y se marchó con su madre a un albergue, el de El Fuerte. «Fue un infierno», recuerda. Cuando consiguieron al fin asentarse en Los Llanos, el poco espacio la obligó a buscar una solución para Otilia, que apenas podía hacer vida en un lugar tan pequeño. Lo más lógico para una anciana con impedimentos físicos era buscar otro sitio. La decisión más propicia fue que se alojara con el resto de la familia. Remedios la echa de menos. Pero luego se recompone, como si al mover los hombros y enderezar la espalda aligerara el peso que lleva a cuestas. Eso es Remedios, una mujer alzada en armas.

«Esto es una casa, no un hogar. Aquí no puedo colocar portarretratos ni cuadros, ni adornos, porque sé que tendré que llevármelos dentro de poco. Nuestra ropa, la que nos donaron al comienzo y la que fui comprando después, está guardada en cajas de los chinos», Remedios señala cuatro arcones de plástico apilados junto a la nevera. «Yo haré todo lo necesario para que ellos vuelvan a tener un hogar, un lugar para crecer… ». Calla de golpe y se gira hacia sus hijos: « ‘¡Dejen las tabletas ya!’ », pero los mellizos siguen, erre que erre, pegados a sus dispositivos. Ella misma los compró, para que pudiesen hacer sus deberes y atender a las clases durante los días de confinamiento por gases tóxicos.

«Necesito construir algo. Necesito volver a levantar un hogar», dice Remedios mientras recompone su peinado y se ajusta el vestido. Su hijo Saúl, que intuye el ánimo oscuro, acaso tiznado, de su madre, la coge de la cintura y la besa en la mejilla. «Ay, mi chusa». «Ay, mi chuso», le contesta ella. Se llaman así por la serie ‘Aquí no hay quien viva’. En casa de los Lorenzo Armas se llora de otra forma. El llanto irrumpe en arrumacos, en el gesto eufórico de quienes sólo se tienen a sí mismos. Esta, la del volcán de Cumbre vieja, es una historia de madres, hijos y cenizas.

La arena negra

No hay una calle del municipio de Los Llanos de Aridane en la que Remedios no se tope con alguien que ha perdido su casa tras la erupción. Se saludan sin motivo aparente, se reconocen sin siquiera alzar la voz, como si un distintivo secreto los ayudara a reconocerse. Alguien siempre es primo o amigo, hermana o sobrina. Gente que lo ha perdido todo. En la fila de la carnicería, donde acuden a recoger sus pedidos, se saludan dos, tres, cuatro mujeres. Llevan bolsas pesadas con la carne y las papas para una noche que lleve la contraria a las otras noventa que han transcurrido desde que el volcán entro en erupción. Ahora que duermen, y que parece que el volcán no escupirá más lava, dicen estar más tranquilas. Pero nunca se sabe. Hablan con decisión. Parecen leonas que olisquean el paso de una gacela en medio del golpe de viento.

«Ha sido difícil vivir así, de un lugar a otro, realojados primero en un campo de fútbol, luego en el albergue de El Fuerte, después en aquel piso de Tazacorte… y ahora aquí». Remedios ni siquiera alza la voz, pero la recorre un temblor de rabia. «Nadie sabe lo que es vivir en este infierno. Una mañana, muy temprano, casi de noche aún, cuando salía a trabajar y a llevar a los niños al colegio, había caído tanta ceniza que no era capaz de encontrar el coche. Daba igual el color, todos estaban sepultados bajo la arena negra. El uniforme del colegio de los niños es blanco. Es imposible tenderlos, quedan llenos de polvo». La mujer hace una pausa. «Nadie sabe lo que es escuchar ese estruendo y ver llover tierra. Durante días estuvimos confinados, ¿y cómo pueden los niños recibir clase, con qué medios, si todas las tabletas quedaron sepultadas bajo la lava».

Remedios camina hacia la Plaza de las Madres, también conocida como plaza de la Constitución. A punto de cruzar un paso de cebra, una mujer mayor de cabello blanco y porte orgulloso, la aborda para contarle que ella también ha perdido su casa y las otras tres de su familia. A Remedios casi todos la conocen en el municipio. Más que saludo, hay desahogo en las palabras de su vecina. «No sé cómo aguantamos los palmeros». La mujer de pelo encanecido hunde sus zapatos en la alfombra de ceniza que cubre la acera. A su paso quedan las huellas impresas sobre el polvo negro. «He tenido que dormir con mis tres hijas y mis nietos en un piso de menos de cien metros». Es la una de la tarde, Darío, el mellizo de Remedios, le pega el bocado a una chocolatina. Brilla el sol y hace calor. Aunque el aire se ha despejado tras casi diez días sin actividad del volcán, a Darío le queda un trazo de sudor oscuro después de secarse la frente con la mano.

Los fogones

«Leire: hasta se escribe con hache, no con a. Dame para corregírtelo», dice Saúl a su hermana Leire, que intenta subir una historia al Tik Tok. Y aunque su hermnao mayor intenta corregirle el error, ella no se deja. «Leire, dame acá, que no puedes publicar eso así». Saúl sabe tanto de ordenadores como de repostería. Le gusta cocinar y se le da bastante bien, tanto que es él quien esta mañana se queda en casa para preparar el postre dela cena mientras su madre sale a recoger los encargos.

«Me gusta hacer dulces y tartas», exclama el muchacho. «Ahí en la encimera —señala una esquina de la cocina— está la máquina de cocinar que me regaló el chef José Andrés». Saúl mira, con los ojos encendidos de inteligencia y prosigue: «Sí, ése, el que se ganó el Princesa de Asturias. Fue él quien me la regaló. Vino porque mi madre se lo pidió. En esos días yo caí en una depresión tremenda».

Saúl, junto a José Andrés – ABC

Al hijo mayor de Remedios le gusta tanto guisar como trastear con ordenadores, pero el suyo quedó sepultado bajo las varias lenguas de lava que convirtieron su casa en un escombro. Antes de que todo esto ocurriera, y todavía hoy lo desea, Saúl había pensado en estudiar Nuevas Tecnologías. Y a pesar de haberlo perdido todo, su madre no está dispuesta a que su hijo renuncie a esa aspiración. «Fue el propio José Andrés quien le regaló un ordenador a Saúl», explica la madre.

Remedios conoció al popular chef José Andrés, galardonado este año con Princesa de Asturias de la Concordia, en el recinto Ferial de El Paso, convertido durante los primeros días del volcán en un centro de recogida de enseres, alimentos y ropa. El cocinero se interesó por las aptitudes culinarias de Saúl y decidió visitarlo. De aquel encuentro quedan fotos y una vocación redoblada de repostero.

El whatsApp a Papá Noel

A las seis de la tarde comienza el jaleo en casa de los Lorenzo Armas. Que si Darío ve y pon este plato. Que si Saúl, arréglate. Que si vamos a dar un paseo. A Leire no la manda nadie, porque ella siempre sabe lo que toca hacer. «Yo nací un minuto antes que Darío», presume para chinchar a su hermano mellizo, que intenta abrazarla, pero acaba embistiéndola. Es en ese momento en que los Lorenzo Armas se agavillan y deciden hacer ‘la montaña’, esa forma de hacer piña aplastándose unos contra otros. «Podéis jugar como niños chicos, pero a mí no me den», los abronca Leire. «¡Es que, de verdad, mami! », la apoya Darío, con esa sonrisa de diastema de quienes están mudando los dientes.

Darío Lorenzo Armas, frente al árbol de Navidad

Al pie del árbol, hay varios dibujos alusivos a la llegada de Papá Noel. Este año, a diferencia de otros, no han podido colocar la foto del colegio que normalmente usan los Lorenzo Armas para que San Nicolás pueda saber dónde entregar los regalos. «Este año, como no llegaron a tiempo los retratos del cole, hemos redoblado esfuerzos. Enviamos cartas y un WhatsApp. ¡No sabes lo que me costó conseguir el número del Polo Norte»! Mercedes ríe, su hijo Darío también. Quedan apenas unas horas para irse a la cama y aunque esta casa no es suya, en ocasiones sopla un viento de hogar, una brisa cargada de ceniza que se disuelve allá afuera, al otro lado de la ventana.

Conjuntados con ropa de cuadros, Darío y Leire, están listos para salir a la calle, Saúl también. Ninguno se separa de su móvil. Juegan entre ellos una partida, y Leire va ganando. Después de dejarlo todo a punto: la sopa, el pan de jamón, los aperitivos, el brazo gitano, la carne, el mojo, las papas, la salsa rosa, el tiramisú, el bizcocho y el postre de tres chocolates que Saúl lleva toda le mañana cocinando, Remedios Armas se cubre con un abrigo color verde y sale a pasear por Tazacorte con sus tres hijos. Aún no anochece del todo y sopla un viento tibio con olor a mar y ceniza.

En El Paraíso, donde vivían hasta hace un año, la misa de Navidad de celebraba a las ocho, pero en la Iglesia de San Miguel—el santo de la isla—, apenas hay feligreses a esta hora. Remedios y sus hijos recorren la parroquia de Tazacorte y se detienen ante un belén. Miran las figurillas. Recuerdan, entre risas, cuando Saúl hizo de San José y la cantidad de veces en las que hicieron de figurantes en las navidades pasadas. Nada es lo que fue. Algo los desnorta, quizá el hecho de que sea la primera nochebuena que celebran fuera de la que siempre fue su casa.

Remedios Armas con sus hijos, ante el Belén de la Iglesia de San MIguel. – ABC

Sentada en un banco, mientras los niños juegan y el mar anochece, Remedios intenta recomponer la vida que se ha ido. Recuerda los días en el albergue de El Fuerte, deletrea en voz alta el momento en el que se preguntó cuándo y por qué su vida quedó sepultada a los pies de un volcán. «Fueron días muy duros, extraños, que ni yo misma llegué a entender. ¿Por qué si todo estaba bien tengo ahora que vestir ropa de la Cruz Roja?», dice ella mirando al mar. Han pasado casi tres meses desde entonces. Ella ya no es la misma, la isla tampoco.

Contra todo pronóstico, la ilusión

Leire ha comido más bombones de los que debía, Darío se ha tomado toda la sopa y Saúl, el mayor, ha aceptado los elogios por el postre de tres chocolates que ha cocinado durante toda la tarde. En la mesa no se habla de otra cosa que no sea la visita de Papa Noel. «Voy a escribir al WhastApp de Papá Noel. Dijo que venía a las diez», asegura Saúl, el hermano mayor. Remedios le sigue el juego. Urge recoger cuanto antes la mesa y la cena, para que todo esté a punto. «Quizá tarda un poco más este año, por el volcán», dice la madre, mientras marca un número en su móvil.

La familia de Remedios preparando la cena de Nochebuena – Karina Sainz Borgo / Vídeo: Así ha sido la visita de Papá Noel a la familia de Remedios Armas

Darío y Leire están tan nerviosos que les duele la tripa. Van al cuarto de baño y vuelven, ansiosos y eufóricos. Entonces suena el telefonillo. Quizá sea Papá Noel. Toca bajar a averiguar. En el portal, envueltos en papeles de colores y resguardados dentro de bolsas de tela roja, aparecen los obsequios. Remedios Armas, la madre de Saúl, Darío y Leire, las coge y sube con ellas a toda prisa. Está aparcando aún, pero a efectos prácticos, ha llegado Papá Noel y con el, la certeza de que, incluso al pie un volcán, es posible esperar un regalo.

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