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Carmen de Carlos: Victoria Cárdenas

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Actualizado:12/01/2022 03:48h
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En «la casa del encuentro del mundo e Iberoamérica», como se refiere Enrique Ojeda a la Casa de América que dirige, Victoria Cárdenas dijo lo que Daniel Ortega –y sus socios– no quieren escuchar. La mujer de Juan Sebastián Chamorro, el precandidato a presidir Nicaragua que el régimen encerró en Chipote, una mazmorra como El Helicoide de Maduro, la ESMA de la dictadura argentina (1976-83) o el Estadio Nacional del Santiago de Augusto Pinochet, habló de la «supuesta toma de posesión (de Ortega) que no existe». Lo explicó de este modo: «No hubo fraude porque no hubo elecciones, ya que la oposición, al 100 por cien, está secuestrada». Victoria advirtió de que su marido se está convirtiendo en una sombra

 por la velocidad con la que pierde peso, contó el castigo de «24 horas seguidas de luz o el mismo tiempo en penumbra», identificó a muchos enfermos que resisten en «celdas empernadas» (zulos) y puso número a los detenidos políticos: 170.

Cárdenas describió el asalto a su casa, «hace siete meses» y el secuestro de Chamorro, blanqueado más tarde en una parodia de figura de detenido legal. Al exponer los hechos, su testimonio recordaba al de sobrevivientes que desfilaron en el juicio a las Juntas Militares argentinas o al de aquellos desahuciados que vivieron para contar su historia en la Comisión Rettig de Chile. Las atrocidades descritas por argentinos y chilenos, con sementales caninos y otros ejemplares andinos incluidos, aún hoy, al recordarlas, revuelven las vísceras de vivos y muertos.

En las dictaduras modernas como las de Venezuela y Nicaragua, el mecanismo se ha perfeccionado. Dicho de otro modo, se ha aprendido a simular la brutalidad y a disfrazarla de otra cosa (suicidios es lo más recurrente). Pero, en ambas, siguen un plan sistemático de desaparición de personas, torturan, asesinan y hasta saquean las viviendas (el almirante Massera fue el gran ladrón de uniforme blanco). La esposa del preso lo dijo de un modo menos dramático, «se llevaron lo que quisieron». Lo que ella y el resto de los familiares de los 170 atrapados por Ortega y Rosario Murillo quieren es sencillo: «Liberación de todos los presos políticos», «que Argentina y México no sean indiferentes a lo que pasa en Nicaragua» y tener «una vida digna, en libertad y con respeto a la Constitución». ¿Se entiende?

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