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La Toma de Granada, un campo de batalla para la manipulación

La multitud observó, entre el temor y la esperanza, cómo el estandarte de los Reyes Católicos se elevaba el 6 de enero de 1492 sobre los muros de Granada, mientras se difundía por Europa la noticia de que el último bastión musulmán de la Península había caído. Pocos meses después, Colón arribó bajo patrocinio real en un nuevo continente sin pretenderlo e Isabel y Fernando firmaron, pretendiéndolo, el edicto de expulsión (en realidad, era una conversión forzosa) de los judíos de Castilla y Aragón. La alineación de tan graves acontecimientos marcó, con permiso de la invención de la imprenta por Gutenberg, el inconfundible inicio de la Edad Moderna.

Barcelona decretó diez días de celebraciones y Granada terminó institucionalizando la festividad

 de la Toma. En el testamento de Fernando se acordó en 1516 que se hiciera fiesta cada año, para lo cual el cabildo municipal reclamó «la espada con que su alteza ganó esta ciudad». «Fue la culminación de un largo proceso,
el final de la época medieval y el tránsito hacia lo que reclamaba para España la Europa, digamos, más ‘progresista’ y el pensamiento más avanzado del mundo», recuerda el catedrático de Historia Ricardo García Cárcel sobre el punto de partida de unos acontecimientos que en los siguientes siglos iban a transformar la sociedad y el mundo intelectual del continente.

Los Reyes Católicos acordaron con el último monarca del reino nazarí una serie de condiciones favorables para respetar las costumbres, instituciones y creencias de la población. Incluso garantizaron exenciones fiscales y un salvoconducto a todos los que quisieran abandonar la ciudad. No sería hasta la llegada del confesor Francisco de Cisneros a Granada, en 1499, cuando la política de bautismo voluntario dio paso a medidas más agresivas. Las rebeliones y los decretos de conversión forzosa arrinconaron a los moriscos, que eran la inmensa mayoría. Felipe III firmó su expulsión a principios del siglo XVII.

Cada año, en el sepulcro de los Reyes Católicos, se celebra un acto de homenaje – Antonio L. Juárez

Cada 2 de enero no se conmemora ese largo conflicto, sino la entrega de la ciudad por Boabdil el Chico en los pacíficos términos que muestra el cuadro decimonónico de Francisco Pradilla, donde los Reyes Católicos aparecen con actitud clemente y sin dar lugar a humillaciones con los vencidos, también a caballo, frente a frente. «El relato de nación de los progresistas y los conservadores del siglo XIX era en gran parte el mismo, disentían sobre aspectos menores pero no en el sentido global del hecho positivo para el devenir de la nación española, lo mismo para Cánovas del Castillo que para Pi y Margall», recuerda Tomás Pérez Vejo, autor del libro ‘España imaginada: Historia de la invención de una nación’ (2015), sobre un periodo donde los conflictos políticos se movían en un eje ideológico, no identitario, como ahora.

La conmemoración ha sobrevivido en esos términos a los vaivenes y caprichos políticos. En 1873, poco antes de la proclamación de la Primera República, los ediles del ayuntamiento se negaron a asistir a la celebración religiosa y lanzaron lemas por la libertad, la justicia y por los «valientes españoles» del siglo XV. Hubo un desfile al que se invitó a un descendiente de mauritanos para subrayar la hermandad de culturas, pero aún así la fecha perduró una vez pagado el tributo a los derrotados. La fascinación por las Españas que no fueron, antes que por las que fueron, ya era entonces un elemento innegociable para los progresistas.

La palabra genocidio es uno de esos insultos baratos, un tópico que no cuesta nada lanzar en un contexto de relativismo donde todo el mundo se cree con el derecho de pontificar sobre el pasado Ricardo García Cárcel , Catedrático de Historia

La efeméride de Granada no se había topado con un hueso tan duro de roer hasta la era de la corrección política, el relativismo histórico y la negación de cada renglón del pasado español. La Plataforma Granada Abierta, que
aglutina a Podemos, IU, asociaciones feministas y vecinales, aboga desde hace años por suprimir la festividad por ser «racista y excluyente», una «falsificación histórica» de un hecho que, en sus palabras, celebra «el odio a la diversidad». Bajo el lema ‘Nada que celebrar’, que también se usa cada 12 de octubre, políticos como Pedro Antonio Honrubia, diputado de Unidas Podemos en el Congreso, han pedido suspender lo que es una «oda al genocidio».

«La palabra genocidio es uno de esos insultos baratos, un tópico que no cuesta nada lanzar en un contexto de relativismo donde todo el mundo se cree con el derecho de pontificar sobre el pasado», sostiene García Cárcel. Tiene nulo sentido hablar de celebración «racista», pues se podría hablar de supremacismo religioso o cultural en esa mentalidad de finales del siglo XV, pero nunca de exclusión por motivo de raza en una España cristiana que pretendía convertir a su religión a judíos y musulmanes indiferentemente del color de piel.

La entrega pacífica

El relato tradicional de la izquierda colisiona de frente con el presentismo de una nueva izquierda etérea, repleta de prejuicios sobre la historia y que solo ofrece consuelo al nacionalismo cuando se trata de apoyar a los excluyentes. Mientras Podemos se revuelve en Granada, donde el final de la contienda fue pactado, en Baleares festeja estos días la Diada de Mallorca, que conmemora la conquista de la actual Palma a manos de las tropas del Rey Jaime I y la muerte de 25.000 musulmanes. «Los que se oponen a la celebración de la Toma de Granada tachándola de falsificación histórica, a lo que se oponen es a la idea de España simbolizada por este episodio histórico, que en un claro ejemplo de política de cancelación intentan borrar de la memoria colectiva y cambiar su significado de positivo a negativo», opina Pérez Vejo.

«Celebrar la Toma de Granada es, simplemente, mantener una tradición histórica, que goza de mucho arraigo en la ciudad porque se ha venido conmemorando desde hace cinco siglos. Cada sector social y político ha intentado dar un significado a esa celebración, siguiendo su propio sesgo. Con el conocimiento histórico que tenemos deberíamos ser capaces de alcanzar un consenso para conmemorar un hecho que, nos guste o no, existió, pero cuyo significado en la actualidad debería estar marcado por la celebración de nuestra capacidad de integrar la diversidad», afirma Eduardo Manzano Moreno, historiador especializado en Al-Ándalus e investigador del CSIC, que aboga por adaptar la fiesta a los nuevos tiempos sin hacer una ‘damnatio memoriae’.

Celebrar la Toma de Granada es, simplemente, mantener una tradición histórica, que goza de mucho arraigo en la ciudad porque se ha venido conmemorando desde hace cinco siglos. Cada sector social y político ha intentado dar un significado a esa celebración, siguiendo su propio sesgo. Con el conocimiento histórico que tenemos deberíamos ser capaces de alcanzar un consenso para conmemorar un hecho que, nos guste o no, existió, pero cuyo significado en la actualidad debería estar marcado por la celebración de nuestra capacidad de integrar la diversidad Eduardo Manzano Moreno , Historiador especializado en Al-Ándalus

A las críticas de la izquierda contra la Toma de Granada se suman los intentos andalucistas por pescar en río revuelto presentando la conquista de la ciudad por Castilla como un desastre para la supuesta nación andaluza, tan hondo (y fantasioso) como lo fue para los catalanes la toma de Barcelona por Felipe V en 1714. «No cabe establecer esa clase de vínculos entre al-Ándalus y Andalucía. Los nacionalismos se fundamentan en la elaboración de narrativas históricas identitarias que buscan establecer un origen lo más remoto posible para la nación», aprecia Alejandro García Sanjuán, autor del libro ‘Coexistencia y conflictos. Minorías religiosas en la Península ibérica durante la Edad Media’ (Universidad de Granada, 2015).

La modernidad era eso

Tampoco es posible, desde un punto de vista histórico, hablar de un paraíso de
la tolerancia religiosa mancillado por los cristianos fanáticos y violentos. En Granada no repicaron las campanas cuando entraron los oficiales de los Reyes Católicos porque, en realidad, no había iglesias ni sinagogas en una ciudad que aglutinaba los elementos más radicalizados del islam tras una década de guerra sangrienta. La cacareada tolerancia de las tres religiones era ya polvo en tiempos del reino nazarí, y antes de eso tenía un significado diferente del actual. «El concepto de tolerancia, tal y como lo practicamos en nuestras sociedades democráticas, carece de equivalente en cualquier sociedad medieval sea del signo religioso que sea. Es erróneo, pues, aplicar modelos de ese pasado al presente», advierte Manzano Moreno.

La modernidad era entonces incompatible con la existencia de viejas instituciones autónomas como los gremios, las corporaciones o las comunidades religiosas independientes. «La modernidad implicaba unificación y el paso de un determinado tipo de valores a otro distinto, que en muchas cosas hace que, desde la visión actual, nos rasguemos las vestiduras. Era el precio a pagar por la modernidad», matiza García Cárcel. Política y religión eran la misma cosa.

El nacionalismo produce una enorme confusión en el entendimiento del pasado, lo enturbia y lo convierte en un arma identitaria y sectaria, lo cual puede llegar a ser muy peligroso Alejandro García Sanjuán , Historiador

No ayuda a calmar las aguas la estrategia de Vox, que, con la mira puesta en las futuras elecciones andaluzas, ha realizado un despliegue de declaraciones a cada cual más anacrónica celebrando el final de «la ocupación musulmana», en palabras de Macarena Olona. «No creo que ni a Vox ni a Podemos les interese mucho la Reconquista, sino su capacidad de polarización. Estamos ante dos partidos que, aunque en los extremos, articulan sus estrategias en torno al enfrentamiento y no al consenso», añade Pérez Vejo.

«El nacionalismo produce una enorme confusión en el entendimiento del pasado, lo enturbia y lo convierte en un arma identitaria y sectaria, lo cual puede llegar a ser muy peligroso», asegura García Sanjuán, que advierte del error, en términos históricos, «de considerar la conquista de Granada como la culminación de una lucha de liberación nacional contra los musulmanes de ocho siglos de duración».

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