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Nada nuevo bajo el sol

Luis OjeaSantiago
Actualizado:13/06/2021 10:15h
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La AP-9 era una «navallada» a Galicia, llevan tiempo queriendo cerrar la fábrica de ENCE que sostiene 5.000 empleos y ahora la han emprendido contra el sector eólico. Nada nuevo bajo el sol. Lo cierto es que el nacionalismo muestra una singular propensión a situarse siempre en el lado equivocado de la historia. De hecho, es ya marca de la casa que se opongan a cualquier tipo de proyecto que pueda suponer progreso.

Y también que, sin solución de continuidad, cuando llegan al gobierno de cualquier nivel de la administración modifiquen por completo su discurso para tratar de patrimonializar esos avances… hasta que vuelven a la oposición. Su teima con los parques eólicos es un caso paradigmático. En contra hasta que llegaron al bipartito, a favor cuando les tocaba repartir adjudicaciones y en contra de nuevo cuando la sociedad los desalojó de San Caetano.

Lo más peculiar no es la inconsistencia de un discurso tan incongruente, ni siquiera que se erijan en el partido del «no» (a todo, por todo y con todo), sino la altanería con la que dictan doctrina. Ese, en realidad, es un mal endémico en toda la izquierda: la ridícula exhibición de una pretendida superioridad moral. Falsa y fingida, sí, pero ya tan consustancial a ese universo político en Galicia que tampoco sorprendería a nadie que cualquiera de los diputados de la oposición subiese un día cualquiera a la tribuna del Hórreo con un discurso tan elaborado y tan bien trabado como el de Rafa Mayoral en el Congreso esta semana para referirse al gobernador del Banco de España: «habría que correrlo a gorrazos».

Esa es otra de las patologías de la izquierda en general y del BNG en particular: su dogmatismo sectario. Cualquiera que se atreva a disentir de su doctrina será inmediatamente tildado de fascista, corrupto o alienado. O las tres cosas a la vez si están entonados ese día.

Esta semana Ana Pontón trató de innovar. La acusación al presidente de la Xunta -a cuento de la política energética- fue llevar puestas «las gafas del colonialismo». Tiene pinta de que ese puede ser el nuevo mantra. La estrategia es la de siempre: agitar unas pancartas en la calle, preparar un par de eslóganes efectistas para el Parlamento y demonizar cualquier impulso de progreso que surja en la comunidad.

Nada nuevo bajo el sol. El partido que defiende una Galicia verde es el mismo que se opone al desarrollo de la energía verde. La misma organización que se opone a la industria, pero se queja de la desindustrialización. Y el mismo universo político que no hace tanto tiempo cualificaba de «navallada» una autopista cuya titularidad reclama ahora que sea transferida. Mercancía -toda ella- caducada y averiada.

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